sábado, 9 de julio de 2016

Mi mirlo

Dudo qué hacer con ese pájaro.
Me persigue desde, ¿queréis saber cuándo?, al menos hace dos años. Estaba yo sentada en el cementerio judío de Berlín, hoy en medio de la ciudad, donde no queda nada de nada y él allí, canta que te canta, como quien no quiere la cosa. Casual. O no.
Y semanas más tarde cuenta mi madre que tiene un mirlo en casa, que le da de comer y que siempre vuelve. Y canta, canta y vuelve a cantar.
El mismo canto que escucho en Madrid, venido de la Casa de Campo.
Y ahora lo tengo aquí, en Düsseldorf, en mi ventana. Por las mañanas me despierta bien temprano, pero no puedo enfardarme con él, al menos por esa fruslería de levantarme al despuntar el alba. Más tarde insiste en nuestro rincón de leer, al que aún le faltan libros, pero tiene una espléndida ventana que da al jardín, donde de aposenta.
Y por las noches vuelve a cantarme. ¡Maldito mirlo! Yo que quisiera olvidarme de tí, de tus plumas pardas y tus bellas notas. Pero mis ojos vuelven y vuelven a tu pico naranja.
Mi madre me cuenta que has hecho un nido en su casa. He visto a tu polluelo pidiendo comida, revoloteando de una rama a otra, torpe. Vulnerable.
Y yo que no sé cómo relacionarme contigo. Que no sé en qué idioma hablarte para darte las gracias por estar llenando mis tiempos vacíos, por contestar mis preguntas y atender mis menesteres. Y que, por otro lado, siento que debería darte una respuesta, dedicar parte de mi vida y tiempo por tí, de la forma devota y desinteresada en la que entregas tu tiempo por mí con el más bello canto.
Sólo porque yo, te estoy oyendo.
¡Ojalá llegue el día, bendito y maldito mirlo, en el que pueda escucharte!

domingo, 13 de marzo de 2016

La puerta del Angel

Mis paisanos son alegres, bulliciosos, amantes de la comida y la bebida alrededor de una mesa en la que no pasa el tiempo y se comparte mantel, algarada, plato y tenedor si hace falta.
Es el español en general trabajador, a su manera, con prioridades ilógicas, inventivo y protestón. Solidario hasta ser protagonista de las historias más conmovedoras de ayuda: en los campos de concentración Nazis los catalanes, extremeños, andaluces o asturianos eran una piña sin importar su facción ideológica. En una tragedia son los primeros en correr hacia los trenes a ayudar llevando mantas o haciendo “lo que se pueda” sin pensar en el peligro de nuevas explosiones.
Porque son valientes hasta la inconsciencia, lo suficiente como para meterse meses en un barco hacia selvas inexploradas o con la nieve hasta las rodillas en el frente ruso de nombre impronunciable. Y no quejarse del frío, pero protestar a los superiores por esas filas interminables de judíos (¿a dónde los llevan?) o pegarse con un nazi quien a su vez maltrataba a una mujer y a su hijo.
Mis paisanos son fieles a su código ético recibido en la infancia y adultez. Código ético de chascarrillo y picaresca, de viga en el propio y paja en el ajeno, de chiste de la gracia y la desgracia, de adhesión a los refranes y de facilidad para repetir consignas como si fueran salmos.
El español suele ser fanfarrón y ruidoso en sus demostraciones, hace falta que se le oiga bien fuerte, que se entienda lo que es o lo que deja ser. Demostración en la palabra y en lo externo, que los tribunales de la Limpieza de Sangre les han dejado en la memoria remota cómo comportarse para aclarar que no se es ni judío ni moro. No vaya a ser que el vecino denuncie.
La envidia es uno de sus defectos. La envidia mala, la rancia, la negra, la que descalifica y delata, la que exagera y miente, la que divide, la que no quiere entender ni conocer al envidiado. De aquí nos vinieron muchos males, y nos seguirán viniendo.
Mis paisanos son vehementes, para lo bueno y lo malo, que no considero yo ello un defecto o una virtud en sí. Pero cuando esta vehemencia de palabra y de gestos se adereza con salmos, refranes o consignas, se vuelve el español violento: blanco o negro, conmigo o contra mí, amigo o enemigo, nada le hace razonar y no busca un diálogo intelectual al opinar sobre el aborto, los toros, el fútbol, las fosas de la guerra civil o la política.
Y entonces la vehemencia convertida en violencia verbal se convierte en discurso y, a lo peor, en agresión.
Para mis paisanos que gustan de la mesura, en momentos así les ha quedado el exilio intelectual en forma de presencia silenciosa o bien el exilio físico con la nostalgia añadida de la luz, de los paisanos y de la comida. 
Léase la vida y exilio de don Gregorio Marañón.
Véase la puerta del Angel en Madrid, con sus heridas de guerra.




sábado, 20 de junio de 2015

Desde Argentina (2010)

Hoy hemos navegado todo el día por el lago Argentino entre inmensas masas de hielo. Creo que sólo nos falta ver el glaciar desde abajo porque el primer día lo caminamos con grampones, lo vimos desde unas pasarelas y hoy finalmente desde un barco, Pero el glaciar más bonito es sin duda uno con nombre italiano, Spegazziníi alto y rotundamente azul, que sólo puede verse desde el agua. 
Mientras, los glaciares se desangran y dejan icebergs inmensos en el lago, sobre todo en el que llaman canal de los témpanos donde todo es como sacado de un escenario. Parece imposible que haya vida aquí pero la naturaleza se las ingenia para crear insectos rellenos de glicerol anticongelante y los caballos y vacas salvajes resisten todas las temperaturas. Es imposible recrear la Inmensidad. 

(ii)
Ayer tenia una cita Importante. Hacía tanto frío en el bus que se me helaba la respiración en el cristal mientras 
atravesábamos km de carreteras inmensas, solitarias, A los lados sólo manadas de guanacos y algún cóndor 

despistado. Y de repente aparece el Fítz Roy. La cordillera hace un alto y emerge. El pueblo del Chaltén está a sus pies, fruto de las prisas porque los chilenos no revindicaran estas tierras, así que las casas son de lata, cartón o piedra según las posibilidades. Empezamos una ascensión hasta la laguna Capri que ahora está congelada. Durante dos horas la montaña desaparece de la vista y sólo quieres seguir subiendo para volver a verla. En el camino pájaros carpinteros, liebres y cóndores de nuevo. Y silencio. Sólo silencio, A lós pies de la laguna helada, ésto. No tengo palabras.

De barcos hundidos y peces (Bali 2010)

En la Segunda Guerra Mundial un barco japonés torpedeó a un carguero norteamericano que andaba por estas aguas. No consiguió hundirlo y el barco herido se dirigió a la costa Oeste de Bali donde pudo salvar su carga. 
Estuvo allí abandonado hasta que en los años 60 el volcán (uno de los volcanes de la isla) decidió que ya era hora de devolverlo a la mar, 
Ahora en cubierta tiene una alfombra de corales diminutos. Hemos buceado entre sus costillas y nos ha vomitado por una trampilla sin puerta. No sé por que extraña razón, pero parece obra de un hechizo, no se repiten los corales, ni las formas, ni los colores, ni los peces. Cada metro es un mosaico multicolor donde cada coral es una tesela y en cada una de ellas habita un ser diferente: desde peces diminutos hasta otros mucho más grandes.
!Qué deciros! Nos hemos vuelto locos: hemos echado a un pulpo negro terciopelo de su guarida, molestado a un pez payaso tocando la puerta de su casa, hecho corretear a una especie de langosta de color azul turquesa,..Otros peces han venido a saludamos y casi tenías que apartarlos con la mano para poder avanzar. 
Nos han despedido una barracuda inmóvil y una raya parda con motas moradas emborronando el fondo en busca de comida. 
Y el camino hasta allí ha sido una inmersión terrestre en la Bali profunda: desde casas como palafitos con paredes de bambú trenzado hasta pastores de patos avanzando por la carretera.




Dioses que alimentan a hombres (Bali 2010)

Bali está llena de templos, casi en cada esquina hay uno pero hoy os contaré sólo dos historias.

Ayer visitamos unos arrozales, de los más bonitos que he visto nunca porque si bien en otros países las 
terrazas son extensas, en Bali, por lo abrupto del terreno, forman casi pasillos estrechos en las laderas de las montañas. Son mediaslunas sólo interrumpidas por casitas de tejados de lata que protegen de la lluvia a los 
bueyes. En este idílico paisaje y en un arranque artístico buscando el mejor encuadre, metí un pie hasta el 
tobillo en el barro al mejor estilo asiático. Mientras me quitaba el barro en una acequia apareció la dueña de los campos y tuvimos una conversación surrealista por señas acerca de lo bonito que era su buey. El buey rumiaba impasible su hierba y creo que la dueña entendió que me lo queria comer asado. Pero al menos nos reimos 
mucho. 

Ayer os decía que Bafi se parece a la India, pero de forma muy superfical, Una de las cosas que tienen en común son las ofrendas en los templos y altares: fabrican cestas pequeñas de bambú y en ellas acomodan 
pétalos, velas y trozos de frutas. Hoy por la tarde fuimos a, visitar una ciudad y mientras miraba los techos 
pintados con historias de un Ramayana balinés me llamó la atención un viejlto que daba vueltas rebuscando algo en un altar lleno de ofrendas. Me di cuenta que escogía los trozos de frutas y los metía en una bolsa. Una mujer que iba a rezar le recriminó. ¿Por robar?

Sonrío. Los hombres alimentan a ios dioses. Esta tarde un dios alimentó a un hombre.



78 años

Algo menos de 78 años es el tiempo que nos queda por vivir juntos. 
Libros y más libros. Paseos por cualquier ciudad y sentarnos en una terraza al lado de un rio con una copa de vino blanco bien frío.
Viajar y zambullirnos durante días entre papeles, legajos, libros y fotos del Horror de Europa. Recordar a los muertos que hemos convertido en nuestros por ser las víctimas inocentes del tiempo de nuestros abuelos. Darles un nombre. Nunca olvidar. 
Buscar restaurantes Kosher allá donde vamos. 
Querer cambiar, al menos un poco, el mundo. 
No saber dónde vamos a vivir, con la creencia de que lo vamos a hacer juntos y que compararemos con una nostalgia pedante el lugar con Madrid o Berlín.
Hacer planes para luego reirnos de ellos, porque sabemos que lo más apropiado es dejarse arrollar por la Vida, esta que nos ha juntado y por la que hoy brindo contigo en la ausencia. 
Lejaim. 

domingo, 31 de mayo de 2015

El fiscal general de Munich

He pasado unos días en los archivos de Dachau, leyendo cosas terribles, viendo fotos más terribles aún de prisioneros que decidieron y dispusieron de sus vidas, en un último intento de control de las mismas, tirándose contra las vallas electrificadas o ahorcándose de un lavabo (no había escaleras disponibles que aseguraran una muerte más rápida). Un lavabo.

Dachau, de alguna forma, iba en el programa político de Hitler. Los programas políticos mienten poco y el suyo era meridianamente claro. En pocas semanas y tras su subida al poder empezó a llenar el campo con contrapensantes a su ideario. Los prisioneros del 33 y 34 sufrieron de una crueldad tremenda y extrema, si es que hay escalas en la maldad humana, porque se trataban de enemigos del régimen con nombres y apellidos, con hechos concretos y el ensañamiento que se produjo con ellos estaba derivado del odio personal.


En medio de todo este horror en forma de fotos, filminas y papeles, en la última hora del último día me esperaba encima de la mesa una enorme carpeta: los informes de las investigaciones y juicios derivados que inició, en el propio año 33, el fiscal general de Munich. Este buen señor, encarnando la Justicia, así con mayúsculas, investigó, pidió informes, hizo declarar a los SS por el trato que se daba a los enemigos del nazismo, en su mayoría ideológicos (ya vendrían los odios raciales). Molestó mucho a las autoridades y a los muertos, sacándolos de sus entierros y volviéndolos a autopsiar.


Encontrar la luz en un túnel oscuro a través del valor de este hombre de firma breve y angulosa, de los policías y forenses y testigos que dijeron la verdad, en el terror descarnado de los campos de concentración y en el miedo a las represalias, me deja vislumbrar una esperanza.


Que cuando pienso este cuadro de Goya, me estremezco.




jueves, 14 de mayo de 2015

Las fotos antiguas

La gente compra fotos viejas en los mercadillos. Fotos en blanco y negro, viradas al sepia por ancianas, con los bordes del cartón comidos, de personas desconocidas, que visten ropas pasadas de moda; familias tradicionales con padre de traje oscuro, madre con vestido y corsé, niña de trenzas y niño con pantalón corto que miran azorados a la cámara, sobrecogidos, serios. Posando para lo eterno.
La fotografía es nostalgia, en parte. Es un arte crepuscular, conmovedor, impregnado de misterio. Por el hecho de incluir, en su faceta de retrato, a otros seres humanos tan parecidos y tan opuestos a nosotros mismos, invita a la interpretación, a la curiosidad por el retratado: su nombre, su edad, su profesión, si estaba triste o feliz el día del retrato. ¿Cómo acudió al estudio? A pie, en coche de caballos. ¿La ropa era suya o el fotógrafo tenía algunas para prestar? ¿Eligió estar de pie o sentado? La que a mí que asaetea es ¿para quién se hizo la foto? ¿Su madre, su novia? ¿Para que yo la viera después de que pasaran 100 años?
En estos tiempos de inmediatez, de saturación de imágenes, cuando se borran más fotos de las que se almacenan, la gente sigue comprando fotos antiguas de desconocidos, en muchas ocasiones con una calidad artística más que mediocre. Una fotografía es una ausencia o, al menos, una pseudopresencia, un paisaje y un tiempo remotos, un pasado desaparecido. Seamos o no conscientes de ello, somos nuestro pasado, estamos ligados a él de una manera visceral, arcana, entrañable y dolorosa a la vez. Tal vez por eso necesitamos columpiarnos de los ojos de los que nos precedieron.
Declaro imprescindible las fotografías en papel, para que dentro de 100 años, quienes compren mi retrato, sigan preguntándose para quién posé esta tarde y se columpien de mis ojos.



sábado, 18 de abril de 2015

Gracias

Gracias por enseñarme a preparar las fresas, por hacer de algo tan sencillo una explosión de sabores en la boca gracias a cada uno de los ingredientes y al tiempo y al cariño invertido en lavarlas, cortarlas, revolverlas y esperarlas.
Gracias por dejarme estar contigo en la cocina, aprendiendo cómo mezclar los ingredientes y cocinar platos exquisitos cuando la nevera, aparentemente, está vacía.
Gracias por vivir conmigo los colores de la India, las aventuras en la China más desconocida. Siete días en el Tíbet. Oir rugir animales en la sabana africana en un campamento alrededor de un fuego. Teherán nevado. Nieve también en el invierno argentino, allá por fin del mundo. La casa del Ché. Y tantos otros lugares.
Gracias por hacerme entender el otro lado del español, así siempre podré seguir las películas argentinas sin perderme ni una sola palabra del diálogo, por muy enrevesado y lunfardo que hablen los protagonistas.
Gracias por irte de casa, pese a todo el daño, porque diez años contigo me han hecho lo que soy y me han preparado para ser capaz de encontrar a su lado la felicidad más absoluta.
El también te da las gracias.


martes, 17 de marzo de 2015

Casi un poema

Ochenta días, me propones.
El mundo a nuestro antojo.
Tú haces fotos, yo escribo.
O al revés, qué importa.
Retratar con palabras o imágenes
el mismo mundo que se despliega ante nosotros.
Como un teatro alegre y colorido,
lleno de protagonistas con historias iguales y diferentes.
Te miro asustada de ilusión.
¿Puedes leer la lista de mis deseos?
Fíjate qué al contarlo
casi me ha salido un poema.




jueves, 29 de enero de 2015

Intenciones


No me sale la voz para rebatirte cuando dices que tienes que marcharte, que no hay sitio para ti. El panorama no es muy prometedor con un par de muertos en el museo judío de Bruselas, unos niños tiroteados a la puerta de un colegio en Francia, el supermercado kosher de París y los neonazis campando a sus anchas en los países escandinavos y Hungría. Le Pen fuerza más votada y un ministro de defensa recién nombrado en Grecia que es miembro de Amanecer Dorado.
No corren buenos tiempos para ti y los tuyos.
Deseo que allá donde vayas nunca abandones el camino correcto en el que andas y que lleves el consuelo a los pacientes que trates, que nunca pierdas la humanidad ni la caridad y que no olvides que los médicos somos instrumentos para aliviar el dolor, del cuerpo y del alma, sobre todo del alma. Ojalá hables a tus hijos de que las mañanas de primavera huelen a flores en Madrid.
Yo por mi parte me quedo en algún punto de esta Europa herida, que sigue sin encontrarse. Seguiré protestando, recordando y luchando por hacer de ella un lugar al que puedas volver, al que los tuyos puedan volver para compartir canciones, poemas, vino y rosas. Tampoco vienen tiempos fáciles aquí, pero siento que debo permanecer ahora sí, alzando la voz, cuidando vuestro sitio.
Para que pasado un tiempo, si quieres y lo eliges, puedas venir a vivir en paz y poner flores en mi tumba.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Reflexiones de fin de año

Hace un año:
No tenía mucha ilusión por la misma fiesta familiar navideña de siempre.
Mi cabeza estaba en el viaje a la India. Otro más. Siempre la India en mi vida.
Estaban mis amigos, esos que me acompañan, a veces en la distancia, desde hace muchos años.
Tenía ilusiones y proyectos, ese proyecto existencial de dejar un mundo mejor a los que nos siguen.
Vibraba con una buena foto, o con la cámara en la mano. La imagen como lenguaje.
Tenía dos loros.
Buscaba a Dios.
Era feliz.

Hoy:
Tengo una ilusión tremenda por estas fiestas. Incluso he rescatado el Belén que mi abuela ponía conmigo todos los puentes de la Inmaculada y lo he puesto, con el sitio vacío del Niño, en su espera. Me apetece compartir cada momento con mi familia, hasta las disputas y fricciones, pasando por los regalos y las tardes sin hablar delante del fuego.
La India sigue estando en mi cabeza. Y por si se me olvida un compañero me regala, sin saberlo, un calendario solidario de Orissa.
Siguen los amigos. Los mismos. Y otros nuevos, que presiento que están también para quedarse. Tengo una maravillosa colección de ellos, que han estado este año tan complicado conmigo en todo momento. Sois increíbles.
Las ilusiones y proyectos siguen, pero ahora sin culparme de ser una idealista. He leído demasiados libros en estos meses de autores tan importantes que sentían lo mismo (ejemplo Semprún) como para sentirme mal por ello. Sigo creyendo en los mismos pilares.
La fotografía sigue siendo mi forma de expresión. Y el blanco y negro mi preferido.
Tengo un lorito que se está poniendo viejo. Antes era amarillo y desde hace unas semanas las plumas se le están volviendo verdes oscuras. Eligió vivir conmigo hace más de cinco años, lo encontré en mi terraza y entró conmigo a la casa. Se ha escapado dos veces y siempre ha vuelto. Me canta cada vez que me ve.
El otro loro se escapó. Para siempre. Tuvimos (en plural) que elegir entre enseñarle a volar o cortarle las alas. Elegimos educarle para ser independiente. Parece una metáfora e igual lo es. Pero de eso quizá os hable otro día.
Sigo buscando. ¿Tu ausencia tiene algún significado?

Soy feliz.

domingo, 7 de diciembre de 2014

Figuras de Belén

Ese viernes del año estaba deseando volver a casa.
Mi madre y mi abuela colocaban unas tablas de madera sobre las que luego iría el corcho. Casi siempre lo distribuían de la misma forma con el castillo de Herodes en la esquina, para poder apoyarlo también en la pared y el portal en el extremo de la izquierda. Era muy importante que los grandes trozos de corcho quedaran bien sujetos, porque todas las figuras eran de barro. Lo más difícil era dar la inclinación justa a la rampa por la que bajaban los reyes magos y sus pajes.
Yo ayudaba en la parte más fácil. Cortar el papel albal para hacer el río, poner los patos de plástico y las ovejas y al final echar el serrín para tapar las bases de las figuras y de las palmeras y los cables de las luces.
Desenvolver las figuras también era tarea mía. En realidad era magia, era descubrir a un personaje conocido al que veía cada año: el señor de las gachas, los pastores de la adoración, el molinero, el pescador, la mujer de la zambomba. A veces alguno de ellos había perdido un brazo o una oreja la mula. Por eso ponía mucho cuidado al sacarlas del papel de periódico con noticias del año anterior. El niño Jesús era lo que más se nos rompía, y eso que una vez desenvuelto lo guardábamos en una taza con algodones hasta que llegara el momento de ponerlo en el portal: en la nochebuena, que es cuando nació, ni un día antes, acompañado de la familia cantando villancicos, tocando panderetas y rascando alguna botella de anís.
Hoy me he traído una pequeña parte de ese Belén, que tiene 60 años, el mismo que mi abuela, mi madre y yo pusimos juntas durante años y he sentido la misma ilusión al desenvolver las figuras y reencontrarme con los pastores, el ángel anunciador y la vendedora de frutas.

El niño ya está metido en su taza.

sábado, 29 de noviembre de 2014

Jugar a la guerra

Desplegué un tablero grueso de cartón con la mitad de Europa pintada de cruces gamadas y fronteras con gruesos trazos negros. En una caja había además soldados de plástico, tanques, aviones, ¡submarinos! Y le dije, vamos a jugar a la guerra.
El guardó los soldados y plegó el tablero y muy serio me contestó, tú y yo no vamos a hacer la guerra.
Afuera caía una lluvia lenta y densa. Dentro empezaron a llover pétalos de colores. Los nietos de aquellos soldados que hicieron la guerra de verdad 70 años antes nos besamos despacio las heridas, acariciamos algunas cicatrices, acallamos el sonido de las balas con canciones y plantamos flores en la tierra yerma. Brindamos por la vida y hablamos en silencio durante largo rato.
No. Nosotros no vamos a hacer la guerra.

Tú y yo hemos cambiado el fusil por la palabra.

viernes, 7 de noviembre de 2014

El lugar en el que sueño morir

La última vez ha sido en un café en Berlín, sentada en un sofá frente a un inmenso capuchino.
Es una casa pequeña, blanca, soleada, de muros gruesos, quizá con un jardín acorde a la pequeñez.
Tiene una cocina donde amasar comida para los amigos y donde almacenar vino tinto y fruta fresca.
La estrella es una sala de techos muy altos, dobles, con las paredes llenas de libros. Aún no sé cómo ordenarlos, ediciones de bolsillo, libros dedicados, mordisqueados por un cachorro o estropeados por el tiempo. Libros no leídos, releídos. Libros que se abren con respeto o con confianza familiar. Libros en el idioma materno, en el aprendido o en la lengua por aprender. Cubiertas de cartón, de lujo. Libros en todas las esquinas y una escalera para aprehenderlos. Y la luz que se detiene en ángulo agudo en las motas de polvo de la habitación, blanca, blanca, altísima, sin huecos.
El contraste es una sala oscura, sin rendijas, de pesados cortinajes negros con una bombilla roja en la puerta, que avisa que estoy en mí misma, en los líquidos reveladores, lavando papel de la foto en la que un perro presumido del tranquilo pueblo en el que vivo ha posado ayer. Frío, humedad, nervios hasta ver el resultado. Papel y más papel gastado en vano. Pinzas que sostienen la película que escurre. Olor a revelador. Mi tiempo detenido.
Se me une hoy, en este café de Berlín, un rincón donde pintar, abstracto, acuarelas, colores en mistura sobre cartulina. Con luz, claro, donde hay pintura hay luz (en mi sala también, pero invertida) y color y vida. Y también tiempo detenido, pero de otro.
Hay también en la casa una cama enorme, bueno quizá no tan grande, al final uno acaba juntándose, qué se yo, a veces las noches son frías o la individualidad se difumina entre sábanas con olor a flores, ese aire que uno mueve al arroparse y que le trae el aroma de la piel del otro, de la piel de uno mismo, de la piel fundida.
Y el mar. Siempre el mar. El Mediterráneo. En alguna ventana o al girar la esquina al salir de la casa. Con todos sus pinos, sus senderos y sus gentes, que quizá hablen en griego o italiano. No sé por qué los oigo con ese sonido del griego, sus fonemas cercanos, sus gestos familiares. Vecinos, amigos, hermanos del mar. El Mediterráneo, mi casa.
El mundo que me vio nacer. El mundo en el que sueño morir.



domingo, 2 de noviembre de 2014

El libro no leído que me cambió la vida

Sólo he querido ser dos cosas en mi vida: médico y reportero de guerra. Desde siempre y sin motivos. En algún rincón de mi encéfalo infantil y adolescente debía esconderse la razón de la disparidad en la que basaba mi felicidad y realización profesional.

A alguien debió de asustarle lo de reportero de guerra y al final me convencieron para ser médico.

Hoy he terminado un libro, ya descatalogado, comprado de segunda mano en Internet, qué poco me gusta comprar libros así, no puedo tocarlos ni olerlos. Es la manía de los españoles de tocarlo todo, pero eso forma parte de otra historia. La historia de hoy es la de la vida que no he tenido, la del reportero de guerra.

Por diversas circunstancias me he visto envuelta en revivir guerras a golpe de libros, archivos, fotos y películas. Nada que ver con vivirlas, que no es igual que evocarlas. “La historia de la guerra siempre es la misma: un par de desgraciados con distinto uniforme que se pegan tiros el uno al otro, muertos de miedo en un agujero lleno de barro, y un cabrón con pintas fumándose un puro en un despacho climatizado, muy lejos, que diseña banderas, himnos nacionales y monumentos al soldado desconocido mientras se forra con la sangre y con la mierda. La guerra es un negocio de tenderos y de generales, hijos míos. Y lo demás es filfa”, pone Pérez Reverte en labios de Barlés durante una conferencia en una universidad.

Pero os juro que, de haberme convertido en una reportera de guerra, hubiera llegado a la misma consecuencia y conclusión que tras pasarme años en la facultad de Medicina: “ El cielo sobre la cabeza, pensó Barlés. Nos pasamos la vida pensando que nuestros esfuerzos, nuestro trabajo, lo que conseguimos a cambio de todo eso, son definitivos, estables. Creemos que van a durar: que nosotros vamos a durar. Y un día el cielo cae sobre la cabeza. Nada es tan frágil como lo que tienes, se dijo. Y lo más frágil que tienes es la vida”, vuelve a decir Pérez Reverte.


Así que haciéndome médico he llegado al mismo final: a apreciar y disfrutar la vida por encima de todo y a levantar mi voz por los que no tienen fuerzas para hacerlo.

Ahí es nada, pienso. (La foto es del grandísimo Gervasio Sánchez).
http://blogs.heraldo.es/gervasiosanchez/?p=888

lunes, 29 de septiembre de 2014

Berlín cambalache

Soy una parte de este ser veleidoso y gigantesco.
Nunca encontraba la razón por la cual esta ciudad destartalada, enorme, gris, lluviosa, cocinada con hormigón y cristal me daba la bienvenida sin reservas cada vez que la pisaba.
Berlín es la eterna ciudad inacabada, siempre en obras, embarcada en una eventualidad eterna y lenta. Metamorfosis constante hecha calles y edificios y parques y gente.
El cambio es una mezcla de acciones y nombres: fallar, caer, levantarse, comienzos, impaciencia, decisiones, aciertos, moldear, destruir, soñar, anhelar, confianza, esperanzas, incertidumbres, añoranzas (añádase lo que cada lector considere oportuno. El cambio siempre está abierto al cambio).
Y es por ello que en esta ciudad de mudanza constante, de espacios inacabados, de eterna inmovilidad en movimiento me siento como en mi propia vida.



lunes, 25 de agosto de 2014

Tatuaje

Entraron juntos en el autobús que hacía la ruta desde Belgrado a Sarajevo. Era una pareja en esa edad en la que los movimientos y los pensamientos se enlentecen sin caer en la torpeza. Ella vestía de colores oscuros, falda, camisa, alta, de pómulos erguidos, cabello recogido y ojos negros. Llevaba una bolsa verde de supermercado, de esas cuadradas más grandes de lo normal, que la precedía en su camino. Con una mirada rápida recorrió el vehículo y decidió quedarse sentada en la primera fila, al lado del conductor. El era un hombre grande, de pelo canoso sobre rubio, ojos claros y grandes y cara sonrosada. Manos grandes. También llevaba una bolsa, de deporte, de las que son alargadas y pueden colgarse al hombro, que se ven como pasadas de moda. Al ver que no quedaban asientos libres al inicio, decidió ir hacia la parte de atrás.
Al pasar por mi lado, su camisa blanca de finas rayas azules me rozó. Una desazón me recorrió entera. Sentí un terror infantil y profundo. Estas cosas no me suceden nunca. Casi nunca. Por eso me dediqué a observarle cuando, tras no encontrar asientos libres en la parte trasera, se quedó de pie a un metro de mí.
Le recorrí entero: zapatos, pantalón, tobillos, piernas, cabeza, cuellos, manos. Nada que justificara mi miedo. El autobús frenó y el hombre se agarró al asiento más cercano mostrándome su antebrazo derecho. En él llevaba tatuado un escorpión en tinta negra que azuleaba.
Seguí sin entender.
Bajaron del autobús en una de las primeras paradas en Sarajevo, en una calle empinada de las colinas.
Dos días más tarde, en Srebrenica, leí ésto: “Los escorpiones eran grupos paramilitares serbios que ocultaban sus rostros con capuchas negras e incursionaban en aldeas de Bosnia o de Kosovo para saquear, torturar, violar y asesinar. Llevaban tatuado un escorpión en el pecho o en el brazo”



miércoles, 13 de agosto de 2014

Una vela en Sarajevo


Cuando las tropas cercaron Sarajevo, las cosas dejaron de tener la utilidad que solían antes del maldito asedio y se transformaron en algo, con forma parecida, que recordaban a aquello que un día fueron, pero que habían dejado de ser. 
A saber...
Los bidones y botellas de plástico que almacenaban gasolina en el garaje o bebidas de naranja y cola para los cumpleaños en la despensa, se hicieron recipientes para recoger el agua: uno no sabe todo el agua que necesita hasta que le falta. La fábrica de cerveza que ya no producía más, hacía salir de sus entrañas el agua que daba de beber a los sarajevitas. Los puentes de piedra ahora eran amasijos de hierros y cemento de los que se colgaban los habitantes para cruzar el río y poder conseguir el agua. 
Las latas que antes guardaban conservas, cocinaban las exiguas raciones de arroz que a duras penas los organismos internacionales hacían llegar. 
La moneda consistía en trueques de tomates o patatas, tabaco, algunos marcos alemanes que se guardaban para los imprevistos y besos sucios en la oscuridad de una alambrada. 
Los zapatos viejos, árboles y libros se convirtieron en brasas para cocinar o calentarse. 
Los estadios de fútbol y los parques de barrio acunaron en su tierra a los que morían a diario bajo las balas, las minas o los morteros. Los entierros se hicieron nocturnos, solitarios, silenciosos para no llamar la atención del asediador. Para que no encontrara nuevas víctimas en su mira. 
De las montañas salían los morteros y balas que destrozaban los cuerpos de aquellos que se aventuraban a ir comprar al mercado de verduras o a esperar en una eterna cola por una barra de pan. 
Los 2000 libros de la biblioteca se escaparon por el techo roto de cristal en forma de humo y papel quemado. 
Los vaqueros y zapatillas de deporte se convirtieron en el uniforme de los resistentes de la ciudad. Y un túnel que atravesaba la pista del aeropuerto, su esperanza. 
Podría seguir contando historias. Horas y horas. Para no cansar diré que...
Las velas no cambiaron de cometido: se guardaban para las ocasiones especiales. Si alguien resultaba herido, iba al hospital con una vela intacta, nueva, larga, atrapada entre los dedos como quien se aferra a la vida que se le escapa, para asegurarse que el cirujano tuviera una luz con que operarle. 

sábado, 9 de agosto de 2014

Belgrado

Tomar un café frente a un río al que han dedicado valses. 
Escuchar los violines desafinados de los gitanos. 
Vibrar con la vida que se derrama en los cafés. 
Comer sopa en agosto. 
Comprobar cómo el dictador reposa en su mausoleo rodeado de fuentes y flores. 
Atravesar el tiempo y revivir el esplendor de la ciudad en sus edificios copiados de Viena. 
Rezar en una iglesia ortodoxa inacabada, interrumpida por las guerras e iniciada por el rencor al turco. Rencor cimentado sobre el rencor del turco al cristiano.
Compartir un autobús lleno hasta los topes. 
Pasear por jardines y castillos con fosos y cañones. Ver un partido de baloncesto entre estos muros. 
Estremecerme con la visión de los edificios en ruinas a causa del último bombardeo de la OTAN hace apenas 15 años. 
Disfrutar de la tarde en un parque en el que un dálmata dormita junto a su dueña y unos niños juegan al fútbol sobre el verde. 
Sonreír al escuchar mi nombre en los labios de un sefardí de ojos del color del cielo de Belgrado.